El padre Antonio Sanjuan rodeado de niños

El padre Antonio Sanjuan, superior de los misioneros Claretianos de la iglesia del Corazón de María, ha sido premiado por el CIT

Concibe su paso por la ciudad como una misión en la que, sobre todo, quiere acercarse a los jóvenes. Hablamos con él

“Llegué en junio del 2013. Casi cojo una depresión porque yo venía del colegio Claret de Sevilla, con 2.200 alumnos, una parroquia con una vida impresionante. Y me encuentro con que aquí no había nada”. Así comienza el relato del padre Antonio Sanjuan, superior de los misioneros Claretianos, a su llegada a la iglesia del Corazón de María de Almendralejo.

Mucho han cambiado las cosas desde entonces para este sacerdote natural de Salvaleón, aunque se define como 50 por ciento andaluz y 50 por ciento extremeño, ya que su vida misionera ha transcurrido casi en su totalidad entre Sevilla y Granada. Además, reconoce que le gustan mucho la Semana Santa, El Rocío o la Feria de Abril. Ahora llena la misa de 12.30 de los domingos y es el capellán de los colegios Santo Ángel y Ruta de la Plata. Su vida arranca cada día a las 6.30 horas con oración, algo que, confiesa, necesita como parte de su fortaleza mental y espiritual. Su “ratito de ser”.

Hombre de sonrisa fácil y palabras sencillas. Docente de vocación y de profesión, se alejó de las aulas para que la barrera entre profesor y alumno no supusiera un impedimento para que los jóvenes se acercaran a él. Precisamente por “su inmensa labor desarrollada a lo largo de su vida a favor de la juventud, tanto en cargos de representación, en España y el extranjero, como en su labor apostólica diaria” le han hecho merecedor del premios «Ciudad de la Cordialidad» que, hoy, le entrega el Centro de Iniciativas Turísticas.

-¿Qué pasó cuando llegó a Almendralejo?
-Me encontré que en catequesis había como 20 chavales. Yo creía que esto no era para mí. Tanto que, desde que llegué en junio, no deshice las maletas hasta septiembre. Por lo que pudiera pasar (ríe). Pero empecé a aceptar y a intentar cambiar la realidad. La hermandad del Cristo del Amparo me ayudó mucho. Ahí encontré vida. También en los colegios Santo Ángel y en el Ruta, donde empecé a trabajar.

-Y con el paso del tiempo, ¿qué balance hace?
-Estoy contentísimo y muy feliz. Veo que soy misionero aquí y que estoy cumpliendo una misión.

-¿Cómo ha hecho para pasar a la actividad?
-Mi objetivo era darle vida al centro pastoral de Los Padres. Darle vida en el tema de las liturgias. Una vez le pregunté a un niño que qué era la misa, me contestó que un sitio donde te aburres y encima te riñen. Si te dan una contestación así, te tienes que plantear la misa. Cómo transmitir una eucaristía a los niños. Así que me propuse cambiar la misa de 12.30 para atraer a los niños, sabiendo perfectamente que detrás vendrían padres y abuelos. Con las catequesis pedí ayuda a personas que pudieran ser APJ (catequistas). Encontré una respuesta estupenda. Cuando llegué habría seis o siete, y ahora un grupo de 32. En lista hay 200 chavales apuntados a catequesis…

«Una vez le pregunté a un niño que qué era la misa, me contestó que un sitio donde te aburres y encima te riñen»

-¿Cuál ha sido el secreto de este éxito?
-Yo siempre he pensado algo que el Papa Francisco lo ha dicho también, y es que “el misionero tiene que oler a oveja”. Tiene que estar con la gente. Porque si tú estás con la gente, llegas a querer a la gente. Y si quieres a la gente, la gente te quiere. Eso es lo que te abre camino.

-¿Conocía a alguien cuando llegó?
-Yo formaba parte del equipo de pastoral juvenil, y venía aquí puntualmente para algunas actividades con jóvenes. Me valí de gente de entonces, y de personas de las colonias de verano en Loja. Veía que yo solo era imposible para levantar esto que había decaído tanto. Tengo que decir que en todos encontré una respuesta estupenda. Los logros no son sólo míos, sino de la gente de la que me he rodeado.

-Pero siempre hay una persona que tira del carro…
-Tienes que dedicarte en alma y cuerpo a lo que haces. Yo no puedo llevar solo adelante todo. Pero tengo claro que mi misión ahora es animar a gente para que todo salga adelante. Mi papel puede ser ese, de coordinador, animador, facilitador, dando empujones…

El padre Antonio Sanjuan es natural de Salvaleón

-¿Cómo se siente sabiendo que todo el mundo conoce y habla de la misa de 12.30 de Los Padres?
-A veces con presión.

-¿Por las expectativas creadas?
-Sí. Pero es cierto que, como sacerdote, me refugio mucho en la oración, de donde saco mucha fuerza. Porque si no yo no podría. Es una presión que me obliga a responder porque Dios me está pidiendo esto, y la gente lo está esperando. Recuerdo también la primera escuela de oración que convoqué, vinieron 12 personas. Ahora mismo hay un centenar. Por eso me siento con la responsabilidad al pensar que todas esas personas vienen semanalmente para encontrarse con Dios, y el instrumento soy yo. Señor, échame una mano.

«Yo siempre he pensado algo que el Papa Francisco lo ha dicho también, y es que “el misionero tiene que oler a oveja”»

-¿Es Almendralejo un destino definitivo?
-No. Nosotros no estamos fijos nunca en ningún sitio. Somos misioneros. Donde hay una necesidad en la que podemos responder, pide nuestra disponibilidad para enviarnos allí.

-¿Qué destinos ha tenido antes de recalar aquí?
-En Sevilla he estado 18 años, después me fui a Granada seis años; de allí en el equipo de Pastoral Juvenil en Alcalá de Guadaira, y me pidieron ir a Loja como maestro de novicios. Después coordiné la Pastoral Juvenil de la provincia Bética. Provisionalmente estuve unos meses en Don Benito y de nuevo a Sevilla.

Infancia y vocación
-Usted nace en Salvaleón. ¿Cómo fue su infancia?
-Estuve interno en el colegio Claret de Don Benito. Tengo buenos recuerdos de allí, donde hice todo el bachillerato de entonces y donde conocí a los claretianos. Creo que el germen de mi vocación fue una visita de un misionero de Filipinas. Nos contó su vida, y a mí me impactó. De alguna forma yo dije en mi interior que quería ser así.

-¿Cuándo tomó la decisión?
-Me fui a estudiar Derecho a Madrid y curiosamente me pasó algo parecido a lo que le sucedió al padre Claret. Entré el día 24 de noviembre en una iglesia para oír misa. Y salí decidido a irme al noviciado. Tanto que le escribí una carta a mis padres diciéndole que cuando la recibieran yo ya estaría en Jerez de los Caballeros en el noviciado. La bomba fue terrible. A los pocos días se presentaron para sacarme.

-¿No eran católicos sus padres?
-Sí, pero no estaba bien visto. Incluso había gente que le daba el pésame porque decían que habían perdido un hijo. Con el tiempo me vieron feliz y que era mi vocación y mi vida lo aceptaron.

-¿Qué estudió?
-Tengo Teología, y la carrera civil, Historia del Arte.

«En Granada tuve una experiencia tan bonita de acercamiento a los chavales sin ser profesor, que hice el propósito de no volver a dar clases en mi vida»

-¿Le gusta la enseñanza?
-Me gusta mucho. Mi primera época de Sevilla fue dando clases. Cuando viví en Granada, los maristas me pidieron que llevara la Pastoral del colegio. Tuve entonces una experiencia tan bonita de acercamiento a los chavales sin ser profesor, que hice el propósito de no volver a dar clases en mi vida.

-¿Por qué?
-En mí, suponía una muralla con los alumnos. Yo tenía que evaluar y suspender. Y era muy tiquismiquis. Mi trabajo en el Santo Ángel o en el Ruta de la Plata es una delicia por estar con los chavales.

-Juventud que ha cambiado mucho.
-Mucho. Pero hoy más que nunca necesitan de gente que nos acerquemos a ellos para escucharles y comprenderles. Parece que hoy se les tiene como miedo. Pero ni son mejores ni peores que en otras épocas. Yo tengo 76 años. Veo que conecto con ellos. Estoy seguro que es así porque los quiero. Los chicos, aunque parezca que lo tienen todo, se sienten muy solos. Con muchas necesidades de ser escuchados y atendidos. Eso yo, todavía, se lo puedo dar.

«La juventud no es mejor ni peor que en otras épocas. Yo tengo 76 años. Veo que conecto con ellos. Estoy seguro que es así porque los quiero»

-¿Tiene nuevos proyectos para el 2019?
-Quiero reforzar lo que hay. A largo plazo, me preocupa la franja de edad entre 25 y 35 años, que está descolgada de la iglesia. Existe un proyecto, a nivel eclesial, que se llama Alfa, que intenta responderles a nivel de fe. Me encantaría implantarlo aquí en Almendralejo.

-¿A qué se debe esa desconexión?
-Hoy necesitamos mucha imaginación para acercarnos a la gente. En el fondo puede haber pastoralistas que tengan miedo de acercarse e intentar responder a las necesidades. Pero si no nos acercamos no lo sabremos.

Hablando con algunos alumnos del Santo Ángel

-Pero es complicado acercarse a alguien que no cree.
-A mí me gustan las ovejas negras. De hecho tengo en mi despacho, todo el año, un Belén en el que la Virgen tiene en brazos a una, el Niño está al lado. Me gustan estos retos. Tenemos que salir a esas esferas, a las periferias. No sabemos cómo, pero tenemos que hacerlo. Y como dice el Papa Francisco “prefiero una iglesia accidentada que una iglesia enferma”. Y él tiene una imagen preciosa en la que se refiere a la iglesia como un hospital de campaña, que va donde se les necesita. Hoy día no podemos esperar a que la gente vaya a la iglesia, sino que somos nosotros quienes debemos acercarnos.

-¿Cómo es la vida en la comunidad?
-Somos ocho padres. Cuatro estamos fijos aquí. El resto forman parte del equipo de misiones populares que van de un sitio a otro continuamente todo el año. Poquitos días al año estamos juntos y aprovechamos para tener una formación comunitaria y un día de retiro espiritual. En Navidades estaremos algunos días juntos.

-¿Se esperaba el premio del CIT?
-No me lo esperaba y me sorprendió mucho cuando me lo transmitieron. Es algo que agradezco mucho porque me hace mucha ilusión. Yo soy misionero hijo del Inmaculado Corazón de María. Los claretianos, dentro de nuestro carisma, debemos ser muy cordiales. Por eso, cuando me lo anunciaron pensé que iba conmigo, porque “Ciudad de la Cordialidad” es “Ciudad del Corazón”.