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El Berreo de la Oveja

Me crié en Almendralejo con dos hermanas, un padre, una madre, dos abuelos, dos abuelas, unos cuantos tíos y tías, muchas, muchas primas y algún primo. Puedo resumir mi infancia en dos conceptos: mujeres y el País de las Maravillas donde los ríos eran de chocolate.

La adolescencia fue otra cosa y a los 18 busqué la excusa perfecta para irme a estudiar a Sevilla, Badajoz estaba demasiado cerca. Después de 12 años, la vida, y la maternidad me han traído de nuevo a estas tierras, con otra cabeza, otra mirada.

Cuando cumplí con lo que se esperaba de mí, soy licenciada en Comunicación Audiovisual, me dediqué a hacer teatro. Durante 10 años, las artes escénicas me han regalado viajes y unos ojos nuevos. Se me rompió el cascarón al conocer otras versiones de la historia que religiosamente había engullido para ser matrícula de honor en COU. Me añugué con la gran mentira del Primer Mundo tras mi primer viaje a Latinoamérica, y otras tantas que habían formado parte de mis cimientos: política, religión…

Yo, “defensora de las causas imposibles”, título que en mi adolescencia escuché más de dos veces, no sabía que siempre fui feminista. Ni siquiera sabía que era una opción. Eso no aparecía en los libros de texto, y los del 83 no somos generación de internet. Nunca me gustaron las imposiciones, las jerarquías, el abuso de poder, vinieran de donde vinieran, familia, colegio, iglesia… Sin embargo, aún en mi cascarón de huevo, me costaba mantener la boca cerrada.

Sevilla me ha regalado muchas cosas. Los primeros años sentía que nunca sería lo suficientemente hippie, ni suficientemente pija, ni suficientemente nada para pertenecer a una tribu. Y esto que me supuso en su día un problema de adaptación al medio, hoy me hace reconocerme en mis zapatos, y sentir como parte de mi historia todos los que han pasado por mis pies: martins, deportivas, tacones, botas de poleas…, (ahora prefiero ir descalza). Hoy también puedo ver que nadie es puramente nada. Es difícil esquivar del todo al viento que sopla cada vez en una dirección.

Después vinieron la maternidad y el yoga prácticamente a la vez. Lo cual agradezco profundamente a la vida. ¡El Om muy profundo y a veces hasta gritado, puede salvarte la vida en medio de una crianza! Y aquí, la gran escuela de lo que soy hoy. Una bonita y dura escuela de vida. Y no considero que la maternidad sea lo mejor que puede pasarte. De hecho creo que la posibilidad de que haya algo que sea “lo mejor que te ha pasado en la vida” es una mentira del capital, del mal (¡grande Bruja!). La vida te pasa y punto. Y seguirá pasando aún cuando tú no estés. La cuestión es qué hacemos de esas experiencias. Yo, y es a lo que iba, hago de la maternidad un camino, y la quiero convertir en la posibilidad de construir una mejor versión de mí misma. Gracias Pepa.

Y para completar el mapa, en mi camino estoy muy acompañada por un hombre que me ofrece una mano de masculinidad nueva, lo que me permite convertir la queja en esperanza y la lucha en “vayamos juntas”.

Siempre me ha sido difícil mantener la boca cerrada (esto ya lo dije) y es que la boca existe para  besar, comer y sacar la voz propia. Mi voz habla de mujer, de feminismo, de maternidad, de partos empoderados, de lactancias infinitas, de infancia respetada, de paternidad consciente, de equivocarse, de sexualidad sana, de cambios, de humanidad, de lo masculino, de amor, de muerte y de vida.

Después de ver mi camino girar 180º, una nueva provocación, transformar mi voz en letras y mis pensamientos en opiniones. Y aquí estoy… Yo, Ana Donoso Mora, hija de Mayte y de Pedro, hermana de Mayte y María, madre de Pepa, tía de Vera, Pedro, Mateo y Kalet, y compañera de Nacho, con esta columna “El Berreo de la Oveja”, y aunque la oveja que berrea pierde bocado, asumo las consecuencias.