Fotografía de Fernando Aixalá en su consulta entre dos caricaturas de sí mismo

“Deben resaltarse los valores que tenía mi padre, es importante tener modelos hoy día como él”. Es la petición de Felipe Aixalá, uno de los hijos del fallecido Fernando Aixalá Bové. Un médico que ejerció la medicina en Almendralejo hasta los 90 años, en su consulta de la calle Becerros, desde que llegó de Barcelona en 1952. “Dedicación, vocación, continuidad, atención exacta precisa, estudiada, informada…” son sólo algunos de los adjetivos que Felipe destaca de su padre, don Fernando, como todo el mundo le conocía. Falleció a los 93 años, el pasado mes de marzo.

Su hijo lo recuerda como un hombre que trabajaba mucho, continuamente, porque “él nació para eso, estaba clarísimo”; y recuerda que había días en los que apenas lo veían 15 minutos que abandonaba la consulta para comer y rápidamente se iba para seguir: consulta, laboratorio, de nuevo consulta, para terminar la jornada estudiando.

A pesar de haberse ganado con sus años de dedicación la jubilación, no quiso retirarse. “Siempre preguntaba si había venido o llamado alguien”. Tenía la necesidad de seguir atendiendo a sus pacientes. Pacientes que muchos acudían a él por la precisión en su diagnóstico, “por su ojo clínico”. Un resultado obtenido por el estudio y la práctica informada, resalta su hijo.

Llegó a la ciudad porque la primera oposición que aprobó (la primera de las siete que superó en toda su vida) fue la del Patronato Antituberculosos. Una enfermedad que marcó su vida, no sólo en el trabajo y atención sin descanso a las personas que la padecían, sino que él mismo llegó a contraerla pero sin que llegara a manifestarse. “Eran doce horas al día, sin tener vacuna, jugándosela”, le reconoció el padre al hijo con el paso de los años. Le confesó que pasaban el día entre enfermos, sin vacunas, con una exposición absoluta de contagio.

Título de Medicina de Aixalá

Esta contribución le ha valido un lugar de honor en la historia de la medicina de Almendralejo. Más adelante “la gente lo tenía como recurso, saber que si todo falla voy a don Fernando”, relata Felipe, quien esto lo han vivido con absoluta normalidad en casa. También el reconocimiento de la gente en la calle. Un hombre que vivió para atender a sus pacientes y que, aunque se hablaba en casa, “era impensable” regresar a Cataluña, su tierra natal. “Aquí tenía su consulta, mi padre necesitaba a Almendralejo y Almendralejo necesitaba a mi padre”, subraya Felipe Aixalá.

Las anécdotas o momentos curiosos también forman parte de su biografía. “Hay muchas, incluso chistes y leyendas. La de una señora obesa, y le dice que sólo come verdura, y él le responde: las vacas también sólo comen verdura”, narra sonriente Felipe.

Padre e hijo adoptivo
En su día Fernando Aixalá tenía tiempo para ejercer de padre. Tuvo dos hijos, pero ninguno siguió sus pasos en la medicina. Pero ambos heredaron su gusto por la lectura de cualquier tema y sin descanso. “Mi padre leía mucho, muy rápido y se acordaba de todo. Le gustaba la Arqueología, la Historia, el Arte”. Un hecho que hizo que su hijo se acostumbrara a preguntarle de todo “y siempre respondía. Estábamos acostumbrados a que nos contase muchas cosas, y obviamente lo echamos de menos”, rememora. Un error que no les hubiera permitido a sus hijos era que no supieran hablar inglés.

Por su dedicación, entrega y biografía el Ayuntamiento ha decidido nombrarle Hijo Adoptivo de Almendralejo. Una distinción que, hasta el momento de la entrevista, la familia no tenía constancia de forma oficial, aunque es un hecho que acogen con agrado. Ya en vida, en abril del año 2006 se inauguró un parque al que dio nombre, en la calle Portugal. En su día el médico manifestó que debía ser en honor a todos los médicos. “Otro de sus valores que se debe resaltar: la sencillez”.