Ángela Bote es la propietaria de una multitienda de alimentación en la calle Federico García Lorca. En la barriada de San José. La regenta desde hace 30 años. Es de esos sitios en donde puedes comprar casi de todo. Desde pan, hasta chorizo, yogures, dulces o frutas como las fresas que llaman la atención. Su olor aromatiza el local. Dice que nunca en todo este tiempo ha tenido problemas con nadie. En un barrio en el que conviven desde hace años almendralejenses y temporeros rumanos.

Estos últimos viven en pisos ruinosos. De 30 metros cuadrados. “Los propietarios los han vendido por seis mil euros, y quienes los han comprado los alquilan por 300”. ¿Cuál es el problema? “Que una familia que viene a trabajar en el campo no puede pagar ese precio y conviven 30 personas. Por eso están todo el día en la calle”. Un problema que se agudiza a partir de abril, cuando empiezan a llegar para la campaña del ajo. Y vive su punto álgido en la vendimia.

“Ahora está todo muy tranquilo, pero aún así, con los que hay, no podemos convivir”. Ángela se queja de la suciedad y de que no acatan las normas de convivencia. “Gracias al barrendero que tenemos, porque por aquí por la mañana no podemos pasar. Está todo lleno de pipas, de latas, colchones”, cuenta. Asegura que “no limpian las calles ni los contenedores. Vamos a coger una enfermedad”, teme.

Patio interior del grupo Santa Eulalia

Cierra su tienda un momento para enseñarnos el bloque que está justo al lado, en la calle Eugenio Hermoso, el llamado grupo Santa Eulalia, de donde es propietaria de una de las 16 viviendas. Puertas que cierran con una cuerda a modo de pomo, un estercolero en el patio que a priori serviría para tender, paredes pintadas, interruptores de luz arrancados con los cables asomando sin tapujos, el sumidero tapado con macetas que impiden a las ratas campar a sus anchas. Aún así ella sostiene que no están para tirarlos, como han hecho en el ARU que está justo al lado y que se proyectó en el grupo San Enrique. “Se tiene que arreglar, limpiar y pintar”, sugiere, antes de que la zona se convierta en “chabolas”.

“Que sepan todos los almendralejenses que la luz y el agua se lo pagamos entre todos”. Los cables están enganchados. Se ve desde fuera. No hace falta ser técnico. Se queja también de los ruidos a altas horas de la madrugada. En patio central de otro bloque enfrente hay ropa tendida. Mucha. Un parque de bebé destrozado, chatarra, carritos, televisiones rotas. Y al fondo una especie de chabola construida con uralita y tela. Una vecina se asoma a la ventana y su cara de lamento es elocuente. No dice nada. Sólo señala para que veamos el estercolero en el que le han convertido el edificio en el que habita.

Enganche de las viviendas a la luz general

Ángela asegura que es un barrio al que se le tiene olvidado. Allí en su corazón ubicaron una comisaria. “Que está cerrada. Están un día sí y cuatro no”. Esta mañana tenía la verja echada. Desde los servicios sociales asegura que tampoco hacen nada. “Aquí es imposible vivir. Nadie nos hace caso. La gente se está yendo”, se lamenta. Denuncia la situación de los menores, que no están escolarizados.

Esta almendralejense dice sentirse “avergonzada de mi pueblo” porque se promocionan las fiestas, pero no se “mira a este barrio”. Sobre la asociación de vecinos de San José señala que han hecho todo lo que está en su mano, pero no hay resultados.

Ángela Bote hace ahora esta denuncia pública para que los partidos políticos, de cara a las elecciones, se comprometan con este barrio que para ella han ignorado. “La gente me pregunta cómo podemos vivir aquí”.