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Mi niño entra este año en el cole

En breves fechas llega un momento especial para la vida de cualquier familia. Se rompe, en cierto modo, la ausencia de reglas y la libertad con la que la mayoría de criaturas y familias han convivido hasta ahora. Llega el momento de la ESCOLARIZACIÓN, voluntaria para alumnos de entre los 0 y 6 años de edad, y obligatoria para el resto. Ocupémonos de las primeras.

Un momento que, aunque diferenciado en sus dos etapas educativas, en primer o segundo ciclo de educación infantil, supone casi la asunción de unos cambios similares: nuevos horarios y normas, adaptación a nuevos entornos y referentes, nuevos roles y rutinas, nuevos compañeros. En definitiva, una nueva pequeña parte de su historia.

Para los alumnos es simplemente un cambio más de los muchos a los que habrán de enfrentarse, a partir de ese momento con la naturalidad propia de su edad, de entre todos aquellos que se irán sucediendo a lo largo de su vida.

Para las familias, supone mucho más. Lo afrontamos en ocasiones como un verdadero ultimátum.

“¿Cogerán a mi niño?, ¿y si no me lo cogen?, ¿y cómo será su maestra/o?”

¿Ultimátum? Puede. Solamente será el primero de la infinidad de ellos de entre los que nos quedan por pasar.  (Leer a partir de aquí el entrecomillado con el dramatismo de la voz en off de culebrón venezolano ayudará a entender mejor lo paradójico del análisis). “Es ese momento crucial del que dependerá el desarrollo de la vida de nuestro hijo, (pausa dramática), es el momento de la clave del éxito o el fracaso, estamos en esa encrucijada a la que nos avoca la vida con respecto al futuro de nuestro pequeño José Alfredo”. ¡Madre mía!, ¡total nada!

Pues sí. Esos somos muchos de nosotros. Somos tal cual, (yo el primero), vistos desde la perspectiva del paso del tiempo y desde el enfoque que otorga ser juez y parte, (maestro y padre), a la vez.

Padres y madres. Efectivamente. Somos esos extraños seres capaces de alterar lo natural hasta límites verdaderamente insospechados, con la única intención de autoconvencernos de que nuestras elecciones y actuaciones paternales son en pro de esa nuestra infalibilidad futurible que nos otorga conocer mejor que nadie el mundo en que vivimos.

Así pues, bajo ese mantra, en multitud de casos, consideramos que nuestro hijo debe vivir en una inalterable “urna de cristal” y bajo ese mágico microcosmos proporcionado por nuestra parte que le impida darse cuenta de que esa realidad que nos disgusta y nos incomoda existe, en lugar de conocer y experimentar con ella.

Son pocas las familias que se ocupan, sin embargo, desde el punto de vista educativo de que sus hijos vivan la infancia como lo que son: simplemente niños. Ello, implica mucho más que proporcionar las relaciones y adquisición de conocimientos que se dan en cualquiera de las aulas de nuestros colegios. Implica, la posibilidad de ofrecer a nuestros hijos vivir experiencias, muchas y variadas, que le hagan ampliar sus horizontes y que lo doten casi sin darse cuenta de las habilidades y recursos que lo hagan realmente “CRECER” y “APRENDER”.

¿Cómo hacerlo? Tomándonos en serio este momento de primera escolarización, pero sin dramatismo alguno. Pues no servirá de nada si simplemente otorgamos la importancia de la escolarización a este primer momento, dejando todo el resto en manos de la escuela sin más.

Por suerte para los alumnos del tiempo en que nos ha tocado vivir, el periodo de escolarización voluntaria y obligatoria en la vida de nuestros hijos es tan amplio como para ofrecer la formación necesaria en cada uno de los casos. Somos afortunados y no lo valoramos como debiéramos, pues no sucede del mismo modo en todas las sociedades. Por tanto, flaco favor hacemos a nuestros zagales y a nosotros mismos si la importancia de la escolarización no la tiene cada uno de los momentos de la misma. La educación, siendo organizada y llevada a cabo por la escuela como ente primario, ha de ser fiel y firmemente apoyada por la institución más valiosa que existe y que cada uno de nosotros presidimos. He ahí la familia, en sus múltiples formas. Y viceversa.

Ahora es ese momento. Es el momento de elegir con criterio. Elegir objetivamente qué modelo educativo queremos para nuestros hijos en base a aquello que creemos más conveniente, y afín a nuestro proyecto vital y que supondrá la base sobre la que cimentar la evolución de nuestros hijos. ¿Queremos “que ni el viento lo toque”, o queremos que viva esta etapa con toda la intensidad propia de ella? Aprovechemos este momento de reflexión para ello.

Tenemos la suerte de vivir en una ciudad tan maravillosa como Almendralejo en la que la oferta educativa para los alumnos de la misma es no solo suficiente, sino amplia y tan variada que cubre todas las necesidades posibles que cualquier familia pueda requerir. En mi opinión, la educación en nuestra ciudad goza de una estupenda salud y cuenta con una gran cantidad de profesionales implicados que demuestran día a día su buen hacer en multitud de proyectos.

La elección es fácil, se trata simplemente de contar con familia y maestro, sea cual sea la opción elegida. Está en la mano de todos, mediante un trabajo conjunto, hacer que esa elección se convierta en la mejor de las opciones.

¡Brindo por convertir cada elección en la mejor de ellas!, ¡brindo por la conexión familia y maestro! y ¡brindo por seguir haciendo que aprender siga siendo divertido!

New way of learning, anotherway of teaching. Think outside the box!

Fotografías de actividades del CEIP Montero de Espinosa