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Grandes momentos en Namibia

Llevo una buena temporada sin publicar en el blog. Ha sido una racha de viajar sin parar. A los 15 días de volver de Namibia, me fui a Islandia para ver cómo funcionan los institutos en Reykjavík. Podéis leer mi experiencia aquí.

Después llevé a 55 alumnos de mi instituto a Irlanda, ¡y nos quedamos cuatro días más de los previstos atrapados por el temporal!

La Semana Santa ha sido tranquila, en nuestra autocaravana por el oeste de la península ibérica.

Quiero contaros algo más de Namibia antes de que todas las vivencias que acompañan nuestro camino desdibujen mis recuerdos.

Nuestro viaje por el suroeste africano fue magnífico, pero hay ciertos momentos que destacan porque fueron aún más especiales por el riesgo, por la alegría, la adrenalina, pero siempre experiencias increíbles.

El baño del lodo de una familia de elefantes fue uno de ellos. Nada más entrar al parque Nacional de Etosha, casi recién aterrizados, vimos a un pequeño elefante. Paramos el coche en la polvorienta pista y empezamos a gritar de alegría.

Y allí, a tan sólo un metro de distancia, aparecieron más y más elefantes, compartiendo su momento de felicidad. Revolcándose en el barro. Juraría que riéndose a carcajadas. Disfrutando de verdad.

Uno de los animales más esquivos de ver es el rinoceronte negro, en peligro de extinción por la caza furtiva a la que están siendo sometidos debido a las supuestas propiedades extraordinarias de sus cuernos.

Los responsables del parque han empezado a cortarles los cuernos para evitar que los maten. Un mal menor, si así consiguen evitar su desaparición.

Estaba poniéndose el sol y llegábamos tarde a la cena de Nochebuena que habíamos reservado en el restaurante del Halali Resort. Temíamos que nos cerrarán las puertas y tuviéramos que pasar la noche en medio del parque Nacional, sin protección frente a los animales más peligrosos.

Pero después de dos días, los rinocerontes no aparecían. Y teníamos un pálpito: esa aurora tan anaranjada los traería.

Y así fue . Un rinoceronte muy quieto, mirando hacia atrás mientras otro se le acercaba. Muy lentamente, mirándose, midiéndose. Tan cerca, tan cerca que parecía un beso. Y seguro que lo fue.

Luego nos tocó correr y disculparnos frente a los Rangers que ya habían cerrado las puertas del Halali Resort. Dijimos que nos habíamos perdido, y era verdad: perdidos ante la inmensidad de la belleza de lo salvaje y la demostración del amor entre animales.

Adrenalina máxima en el coche
Momentos de máxima tensión, de esos que estás deseando que terminen mientras los estás viviendo, pero que luego los recuerdas con pasión.

El primero ocurrió cuando cogimos la D3700, pista que sigue el río Cunene, frontera natural con Angola. Había leído en los foros que era difícil, y que en la estación lluviosa podía volverse impracticable. Pero también había comentarios sobre su reciente remodelación. Decidiríamos qué hacer una vez allí y sobre el terreno.

Llegamos a un sitio paradisíaco, el Kunene River lodge. Estos lodges o resorts son complejos turísticos de excelente categoría. Cuentan con hotel, bungalows y camping, todo con las máximas comodidades: piscinas, spa, restaurantes… Ya no es una aventura ir África quedándose en estos resorts. Si alguien os lo cuenta, os está mintiendo.

Están creados para que los turistas solventes disfruten de unas comodidades que están muy, muy por encima de las que disfrutan la mayoría de los habitantes del país.

La clientela la forman blancos o negros de muy alto nivel adquisitivo. Las nacionalidades mayoritarias son namibia y sudafricana, seguidos de alemanes, ingleses y franceses. Sólo encontramos unos españoles en nuestro periplo.

Así que todo el mundo nos encuentra interesantes. No debe ser habitual encontrarse con españoles viajando en familia por Namibia. Muy amablemente nos enseñan a encender fuego con la técnica del hashtag o, como todos deberíamos llamarlo, sostenido: #. Soy músico.

¡Nunca falla!, dicen. Eso sí, regado con más de medio litro de gel de hacer fuego.

Nos invitan a cervezas y nos dan a probar el biltong, un tipo de salchichón que se hace por aquellos lares.

Y empezamos con nuestro investigación: ¿Es viable la D3700 con el 4×4 y nuestra falta de experiencia en este tipo de conducción?

Las opiniones son muy diversas: algunos aúllan de miedo aconsejándonos no hacerla. Dicen que el riesgo de quedarse atascado es demasiado alto, y si nos pasa, nunca debemos de salir del coche, ya que los cocodrilos campan a sus anchas por el territorio. Tenemos que echar provisiones y agua dentro del coche porque nunca se sabe cuándo llegará el rescate.

Nuestro vecino, un enorme sudafricano que además viaja remolcando una caravana rutera, le quita importancia: «si yo vengo de hacerla, ¿cómo no vais a poder vosotros?

Mucho más animados nos dirigimos a quien mejor conoce el estado de la pista, el dueño del lodge:»¡por supuesto que podéis hacerla, acaban de renovarla!”

Así que a la mañana siguiente nos ponemos en camino muy emocionados y expectantes. Llevamos un GPS que nos indica el camino que a veces discurre por el cauce de un río estacional.

Las rodadas del vehículo que nos precede no siguen la dirección que nos marca el navegador, ¡pobres, se han perdido!

Y seguimos con una pista que apenas se ve. Si no fuera por la pantallita que nos indica, no sabríamos por dónde ir. El paisaje es salvaje. La arena suelta forma unos surcos enormes. No vemos cocodrilos por ningún lado.

El camino desaparece completamente de nuestra vista y aparece un barranco de piedras que, según el GPS, es nuestra pista.¡Una pendiente de más del 25% de desnivel con piedras a muy diversas alturas, y si ningún firme!

¿Y por aquí  han traído la caravana? ¡imposible!

Son apenas 200 metros, pero son terroríficos. Sudo de miedo. Nos reímos un tanto asustados, y comenzamos la bajada. ¡Espeluznante de verdad!

Con el fuerte ruido que produce el coche al bajar de una piedra enorme, soltamos aire por fin, ¡lo hemos conseguido! Este coche es una BESTIA, que lo aguanta todo.

El video no hace justicia a la dificultad del descenso, CREEDME.

Seguimos avanzando, cruzamos riachuelos que hay que vadear primero a pie, no vaya a cubrir más de lo que es aconsejable.

Y mientras lo hacemos, nos acompañan niños himbas que salen de sus cabañas redondas, hechas de palos, pajas y heces. Son excepcionalmente agradables y se sorprenden mucho de vernos, cosa que no entendemos hasta que al cabo de un buen trecho, damos con la actual pista D3700: éramos nosotros los que nos habíamos perdido, no teníamos la cartografía actualizada. Y claro, debía hacer bastante tiempo que ningún turista pasaba por allí.

Otras dos pistas también nos pusieron en tensión. En la zona de Sesfontein , mucho más al sur, habitan elefantes salvajes. La 3707 también transcurre por un río estacional.

Se debe dejar constancia del acceso en una caseta que hay al inicio el recorrido. Pero en la caseta no hay nadie.

Así que tiramos millas.

No vemos un alma, estamos completamente solos. El cauce del río es muy arenoso y no quisiéramos que se nos hundan las ruedas y no podamos salir.

Además nadie sabe que estamos aquí, por tanto tampoco se darían cuenta si nos salimos. Decidimos darnos la vuelta. Otro motivo más para volver.

El último momento arriesgado se produce al final de nuestro viaje. En la reserva privada de animales salvajes más grande del país: Erindi Game Reserve. Cuenta con un resort de lujo que es excesivamente caro. De hecho, su precio nos hace dudar de si deberíamos ir. Pagamos también por hacer el safari sin guía.

En recepción nos dan instrucciones: los leones se encuentran en el cauce de un río pero la conducción allí es difícil y es muy factible quedarse atascado por la gran cantidad de arena suelta.

En caso de que eso ocurra, prohíben terminantemente salir del coche. Hace cinco días los leones de la zona de Branberg se comieron a una turista australiana, y no está el horno para bollos. Si a las siete de la tarde no hemos regresado, volverán a rescatamos con un helicóptero.

Como nos lo pintan así, decidimos no hacerlo.

Seguimos pistas arenosas, y llegamos a una cumbre. La bajada es muy difícil, de piedra suelta, pero nada comparado con lo que os he contado antes. No hay demasiados animales y hace mucho calor. Un poco decepcionados, seguimos al único todoterreno que vemos por allí. Cuando llegamos al cauce dónde estaban los leones, el 4×4 se mete, y Balta le sigue. ¡Vaya 40 minutos de adrenalina a tope!

Tiene aun más arena de la que nos imaginábamos y además está encajonada. Pero el coche que va delante nos da seguridad. En un recodo se para y pide que le adelantemos. Oh, ohhh!!

Aparecen los restos de un elefante muerto y depredadores a su alrededor. Cabemos a duras penas, y Balta no frena por temor a quedarse atrapado entre tanta arena. Volantea y contravolantea a toda velocidad, ¡está hecho un PRO!

¡¡Y yo casi no respiro, mi corazón va a mil!!

Entonces aparece una jirafa corriendo delante de nosotros, y como el piloto no puede frenar, ¡PITA! ¡a una jirafa! ¡Qué surrealista!

Quizá lo que nos faltaba era la experiencia, y donde yo veía peligro sólo había aventura,¡estoy deseando volver!