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Parirás sin dolor

Pues no.
“Parirás con dolor”.
Sí, mujer que decides parir, te va a doler.
Y lo más seguro es que te duela mucho.

Alguna cuenta que prefiere parir a depilarse las piernas. Pero hay pocas. Otras aseguran que fue una horita corta, o que casi se les cae la criatura por el camino. Pero a la mayoría de las mujeres nos duele, y mucho.

Hay teorías de partos con placer. Se dice, se cuenta, se rumorea… Y la realidad es que el orgasmo en el parto se reserva a unas cuantas iluminadas.

Miro con cariño a las que lucharon por la revolución sexual de las mujeres, y aplaudieron la aparición de la epidural como una liberación del dolor. Sin embargo, me atrevo a decir que fue un engaño, una “marantira” (ya saben, aquellas mentiras que habitan en el país de las maravillas), como tantas otras que tienen que ver con el cuerpo de la mujer y sus procesos biológicos.

Me apena darme cuenta que la epidural nos trajo a las mujeres una duda: ¿podré resistir el dolor del parto? Y esto, aunque pueda estar muy alejado del objetivo de aquellas que la pelearon, es una realidad para las que trabajamos con mujeres embarazas.

Pertenezco a una generación de mujeres que tienen miedo al dolor físico propio del ser “mujer”. Mirando al parto, se cuestionan si podrán aguantarlo y hacen suyas la teoría del “umbral del dolor” para justificar la profunda inseguridad que supone enfrentarse al fin de un embarazo. Sin embargo, son mujeres que sostienen a diario la crianza. Que dan el pecho con grietas y no duermen por la noche pero se levantan a cumplir con su horario laboral. Muchas sienten la desigualdad, o a veces la eligen, en la calle, en las familias y en el trabajo. Son mujeres que aceptan que la vida conlleva sufrimientos y tiran para adelante sin cuestionarse si podría ser de otra manera. No se dan cuenta de que todo esto es infinitamente más difícil que el dolor físico.

Y es que la información no es honesta. La epidural no te va a salvar. La mujeres inician el trabajo de parto queriendo que ya les quiten el dolor. Nadie les contó que la primera parte de la dilatación tienen que atravesarla y lo probable es que sea con dolores. Sin embargo, puede traerte otros sufrimientos en el parto y en el, tan poco hablado, postparto. Y no sólo a ti, sino también a tu criatura. Ya hay mucho escrito sobre los inconvenientes de ponérsela, muchos, para la y el que quiera leerlo. Sí, leerlo, porque contártelo no te lo van a contar.

Las mujeres que deciden parir sin epidural a veces son miradas como masoquistas: “total, si puedes ahorrarte un mal rato…”. Pero son decisiones, como tantas otras en la vida, en las que pones en la balanza los pros y los contras. Por un lado tienes ante ti la posibilidad de ahorrarte un poco de dolor. Por el otro, no experimentará tu cuerpo en estado puro pariendo a tu criatura, que te pinchen en la columna en medio de una contracción, y probablemente tengas un parto más largo por no poder ponerte de pie, o sentir la mitad de tu cuerpo dormido, y al final te lleves puesta la tan ninguneada episiotomía (que se practica en este rincón del mundo a modo de “ayudita”). Existe el riesgo de vivir las primeras horas de tu maternidad sondada, con dolores de cabeza o sin poder ir al baño libremente, o tener dificultades en la instauración de la lactancia porque muchos bebés nacen dormidos (digamos, drogados por la epidural). La listas es aún más larga.

A mí que me perdone el “progreso”, pero mi balanza es clara. Prefiero confiar en que mi cuerpo es sabio, más sabio que mi mente, y que no existe cuerpo de mujer que no pueda parir sin epidural.

¿Y antes qué pasaba?

Las mujeres parían y punto. Ni se lo cuestionaban. Porque el parto era nuestro. Porque la vecina se ponía de parto y podías estar presente, porque veías a tu madre, porque lo asistía la partera del pueblo. ¿O pensáis que las madres de antes estaban hechas de otra pasta, y las de ahora nacimos changás o defectuosas?

¿Y los papás? Para mi gusto delegan en ellas esta decisión, y se eximen de la responsabilidad de crear una opinión formada acerca del momento del parto, encubierta por  “respeto a la mujer que es la pare”. Y sí, esto viene reforzado por nosotras, por la pelea de poder tomar decisiones sobre nuestro cuerpo, “porque nosotras parimos, nosotras decidimos”.

Sin embargo, el parto no es solo cosa de mujeres. Paren las mujeres. Sí. Pero paren a los hijos e hijas de los hombres. De alguna manera por ello no pueden mirar a otro lado. Yo tampoco tengo la respuesta a cuál sería el papel de los hombres aquí. Y es que hay tantas respuestas como mujeres que paren. Lo que para mí no tiene sentido es la pasividad. Porque el acompañante es el que tiene que velar por la seguridad de su familia. Es un papel difícil, pero es el que les toca. Unas paren y otros cuidan.

Lo que no cabe duda es que para hacer un verdadero acompañamiento, los hombres deberían tener la misma información que las mujeres acerca de todos estos temas.

Y el problema es justamente ese. Tienen la misma información, poca o ninguna.

Vuelvo,
las mujeres de mi generación no pensamos ni queremos pensar en el parto. No lo hemos visto. No forma parte de nuestro imaginario, se nos ha robado. Nos han robado el poder de parir libres. La cosa es, cuánto estamos dispuestas ahora, hoy, no sólo a que nos lo roben, sino a regalarlo.